‘El hobbit. Un viaje inesperado’


La saga de ‘El señor de los anillos’ se convirtió en un fenómeno global que fue más allá de lo cinematográfico, logro solo al alcance de determinadas franquicias de Hollywood. Las películas de Peter Jackson y la fantasía épica de J. R. R. Tolkien forman parte de la iconografía popular, de ahí la expectación generada en torno a ‘El hobbit’, el origen de lo que aconteció en la Tierra Media. La noticia de que la novela, de 300 páginas, iba a dar lugar a una nueva trilogía motivó el recelo de los fans porque la elección respondía únicamente al afán comercial de la industria y restaba autenticidad a la propuesta. Al margen de las suspicacias, ‘El hobbit. Un viaje inesperado’ (la primera ‘precuela’) es un filme mastodóntico, excesivo y ambicioso, en la línea de la obra precedente de Jackson, pero a su vez atesora un sentido de la aventura que contagia al espectador. Su principal virtud reside en ese espíritu lúdico y en su capacidad para entretener a quienes no se cautivaron con ‘El señor de los anillos’.

Martin Freeman, en 'El hobbit'
Martin Freeman, en ‘El hobbit’

El inicio de ‘El hobbit’. Un viaje inesperado’ desconcierta por el abuso del humor infantil al mostrar el peculiar comportamiento de los enanos reunidos en la casa de Bilbo Bolsón, reclutado para ayudarles a recuperar el reino de Erebor. Por suerte, cuando comienza la aventura en sí, la historia atrapa al espectador, hasta el punto de que no pesan los 165 minutos de metraje. La narración presenta los desbarajustes de ritmo y tratamiento de personajes propios de una película introductoria, si bien el descenso de la intensidad registrado en algunos pasajes, como el de Rivendel, no resiente el conjunto.

Cartel de 'El hobbit. Un viaje inesperado'
Cartel de ‘El hobbit. Un viaje inesperado’

Para la ambientación, Jackson y su equipo apuestan por la continuidad con ‘El señor de los anillos’, un aspecto visual característico (con esos planos aéreos marca de la casa) al que se incorporan los avances experimentados en el campo de los efectos digitales (atención al rostro de Gollum, ahora con más rasgos de Andy Serkis, el actor que le presta sus movimientos). No obstante, el ordenador es demasiado evidente en el prólogo con Smaug o en el diseño de criaturas como los conejos y los huargos.

El filme incluye momentos espectaculares (el ‘flashback’ que relata la batalla entre los enanos y los orcos; el enfrentamiento en las cuevas; los acertijos de Gollum) y la acción deriva en un estupendo desenlace que acrecienta el interés ante lo que está por venir en la segunda parte. Se trata de un producto notable en cuanto a entretenimiento que también destaca en el plano interpretativo. Con su capacidad gestual, Martin Freeman corrobora su talento y eleva el listón respecto al protagonista anterior, Elijah Wood (su sobrino Frodo en la ficción). Además, Ian McKellen hace gala de su experiencia y Richard Armitage (Thorin) se descubre como héroe carismático.

Lo mejor: su sentido de la aventura.

Lo peor: la adaptación representa el mercantilismo de Hollywood en estado puro.

Puntuación: 7,5/10.

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